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martes, 17 de junio de 2008

La Venus de las pieles (El Portón de Sánchez, Buenos Aires, 2007)


La maquinaria masoquista es inherente al ser, en ella el sufrimiento y el placer forman una unidad fantasmagórica, ultraestética, suprasensual y voluptuosa.
La monotonía porno de Sade y la forzada unidad sadomasoquista se descomponen, inofensivas, ante el máximo exponente perverso, ante el mayor adoctrinador que dio nombre y origen al masoquismo: Leopold von Sacher-Masoch.
Su vida y su obra se mezclan bajo un contrato hasta la muerte. “La Venus de las pieles” es uno de esos testimonios. Gilles Deleuze condensa esta maquinaria en una sola frase exacta: “la capacidad de desexualizar al amor y sexualizar la historia”.


El ladrón y la rata de Noruega (La Tertulia, Buenos Aires, 2007)

En un monoambiente que pareciera no tener salida hacia el exterior, un ladrón irreconocible amenaza con su acecho y una rata demasiado inteligente encuentra en un baño su lugar de hábitat.
En dicho espacio algo limitado se reúnen Policía, Victoria y Rodolfo.
Los tres personajes se vinculan en un juego por momentos repetitivo y marcado por cierto paroxismo, donde en ocasiones exaltan su rol de víctima, o a la inversa, su rol de victimario ante el otro.

Autoría, : Leandro Airaldo








martes, 3 de junio de 2008

El pelícano (El Portón de Sánchez, Buenos Aires, 2007)

Autoría: August Strindberg
Actuan: Ximena Banús, Ivana Carapezza, Federico Gonzalez Bethencourt, Felicitas Luna, Lautaro Vilo
Músicos: Ana Foutel
Escenografía, Vestuario: Gabriela A. Fernández
Diseño de luces: Alejandro Le Roux
Música original: Tian Brass, Ana Foutel
Banda de sonido: Tian Brass
Director asistente: Lorena Ballestrero
Dirección, Musicalización: Luis Cano
Escribió Luis Cano:
"Pelícano es el primer clásico que hago y me enfrento con las dificultades de abordarlo.
No quise enrolarme en los modelos de trabajo que enseña la tradición teatral (encarar Strindberg desde esa perspectiva me obligaba a imitar respuestas anteriores). Recuerdo encantado la versión de Amitín, y el inolvidable Padre que puso en escena Alberto Ure. Pero no me sentí tentado de seguir aquellas propuestas, no me gusta ver obras que se parecen a otras. No me siento sueco, y si pude leer a Strindberg fue pensándolo a través de Florencio Sánchez y de Arlt (o desde lo que Bartís me dio a entender). Soy espectador del teatro que se hace en Buenos Aires, que es mi lugar y mi debilidad. Y hago Pelícano reconociéndome en una corriente teatral que intenta examinar al clásico para interrogarse a sí misma (el trabajo presente de Daniel Veronese es un excelente ejemplo). (...) En fin, traté de hacerlo a mi manera, tal como puedo. No me avergüenza reconocer que el espectáculo pone en evidencia mis limitaciones. El trabajo con un clásico resulta bastante misterioso en cuanto a resultados (también lo supe cuando hacía la dramaturgia del Hamlet de William Shakespeare hace tres años). (...) Estoy trabajando con muy buenos actores, con quienes encaramos el problema (a veces obviado) de un texto originalmente escrito en otro idioma. Después de recurrir a buenos especialistas en lenguas, decidimos tomar la mejor traducción posible e intentar asimilarla a nosotros, a nuestra idiosincrasia, desde una actuación contemporánea. Hacer funcionar las palabras de manera pedestre (ya que no hay escritura poética en Pelícano) pero sin versionar ni hacer adaptaciones. Sólo me permití cambiar el orden de la primer escena. (...) No encontré en mi trabajo con Pelícano nada que confirme mis ideas anteriores. Sigo sin comprender al autor, y no sé si alguna vez llegaré a conocerlo. Entiendo apenas un matiz que hay en sus obras: la pérdida. Me propuse tomar ese aspecto (dado que Strindberg es un cúmulo de tensiones inagotable) ese "estado de ánimo" que hay en la pieza, e intentar singularizarlo... (...)

Strindberg nace y muere en la misma ciudad.
Hijo de un noble arruinado y de su sirvienta.
Trabaja como bibliotecario.
En 1869 es actor.
Naturalista, filólogo, mago.
Practica la fotografía experimental.
Precursor del expresionismo abstracto.
Escribe seis novelas autobiográficas: El hijo de la criada, Inferno, Manifiesto de un loco, Quimeras, Separados, y Solo.
Sus capitanes y padres delirantes producen métodos y discursos que conformarán una realidad posterior a su época.
Se dice que el pelícano siente un amor tan fuerte por sus hijos que, en caso de pasar hambre, da su sangre para alimentarlos.
Otras versiones sugieren que, irritado porque sus crías lo golpean con las alas, las mata.
Poco después, arrepentido, se suicida clavándose el pico en el vientre.
Una última declaración descarta el suicidio y sugiere que sus lágrimas resucitan a las crías muertas.
A cien años de su estreno, Pelícano (1907) de August Strindberg se estrena en Buenos Aires por un elenco de actores, sin recortes versión ni adaptaciones

El último yankee (Teatro Regio, Buenos Aires, 2007)



Comienza con el encuentro de Leroy Hamilton, un carpintero, descendiente de Alexander Hamilton (uno de los Padres Fundadores de Estados Unidos), y John Frick, un hombre de negocios conservador, en la sala de espera de un hospital psiquiátrico estatal.

Las esposas de ambos están internadas en este establecimiento, aunque eso es lo único que tienen en común.

Los problemas mentales que padecen las mujeres están íntimamente ligados a sus respectivos matrimonios. Patricia Hamilton parece estar en vías de recuperarse, en tanto advierte que debe ser menos exigente en cuanto a sus expectativas de la vida, pero Karen Frick aún sufre de una gran falta de autoestima. Patricia y Leroy logran un punto de entendimiento, lo que permitirá que ella pueda retornar a su hogar, mientras los Frick son incapaces de comunicarse y Karen muestra pocos signos de recuperación.
“...he comprendido que el estado en que se encuentran estos matrimonios corresponde al triste estado en que se encuentra nuestra civilización y he tratado de abordar este tema con dignidad y austeridad. El último yankee en última instancia es la descripción del estado moribundo de dos matrimonios a los cuales los separa una generación y la falta de esperanza.”
Arthur Miller

miércoles, 28 de mayo de 2008

El día que Nietzsche lloró (La Comedia, Buenos Aires, 2007)

La puesta trabaja con dos planos, el del inconsciente y el de la realidad; y la escenografía busca instalar en el espacio ambos hemisferios: escaleras repetidas, proyecciones multimedia y superficies tramadas que sólo dejan ver invirtiendo la mirada, instalan a los personajes en un espacio onírico, que pudiera ser el limbo. El límite de éste ámbito es un plano circular donde se reflejan parte de sus pensamientos, sentires y temores.


La época se evoca en el vestuario, que sin dejar de tener un carácter plástico dibuja rasgos de cada personaje: las mujeres aparecen en colores y texturas suaves, pero cada una dando pauta de su esencia.

En los hombres, los colores son neutros y se exacerba lo angustiosamente intelectual de Nietzsche, escurridizo a la hora de mostrarse humano. El contraste y ausencia de color entre hombres y mujeres responde a que ellas son reflejos del imaginario de estos intelectuales de la época.