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domingo, 20 de enero de 2013

Yevgeny Oneguin (Teatro Avenida, Buenos Aires, 2012)


Escenas líricas en tres actos - Música de Piotr Ilyich Tchaikovsky - Libreto de Piotr Ilyich Tchaikovsky y Konstantin Shilovsky (sobre la novela en verso de Alexander Pushkin)

 
Dirección musical: Javier Logioia Orbe
Puesta en escena: Mercedes Marmorek
Diseño de escenografía: María José Besozzi
Diseño de vestuario: Lucía Marmorek
Diseño de iluminación: Alejandro Le Roux
Dirección del coro: Juan Casasbellas
Coreografía: Omar Saravia

 Boceto de María José Besozzi



Evgeny Onegin: Fabián Veloz
Tatiana: Carla Filipcic Holm
Lensky: Pedro Espinoza
Olga: Vanina Guilledo
Filipievna: Elisabeth Canis
Larina: Alicia Alduncín
El príncipe Gremin: Walter Schwarz
Triquet: Sergio Spina
Zaretsky: Emiliano Bulacios
Un capitán: Ricardo Crampton
Un campesino: Sergio Vittadini
Guillot: Martín Paladino

 Boceto de María José Besozzi

La acción se desarrolla en San Petersburgo y en los campos cercanos a
comienzos del siglo XIX

Acto I

Cuadro primero, jardín en la propiedad rural de la viuda Larina.
La viuda Larina y la nodriza Filipievna conversan mientras escuchan cantar a Tatiana y a Olga, hijas de Larina. Se celebra el fin de la cosecha y Olga participa de los festejos con os campesinos, mientras Tatiana, de carácter introvertido, permanece apartada. Llega de visita el poeta Vladimir Lensky, prometido de Olga y vecino, acompañado por un amigo suyo, el terrateniente Evgeny Onegin: un joven culto, rico heredero, desengañado y aburrido de la existencia. Tatiana se enamora de él a primera vista.

Cuadro segundo, la habitación de Tatiana.
Es de noche y Tatiana escribe una extensa y apasionada carta a Onegin, donde le expresa su amor y su deseo de verlo. Al alba le envía la carta con el nieto de Filipievna.

Cuadro tercero, el jardín.
Onegin acude a la cita, se muestra cortés pero frío en el trato. Dice que el matrimonio no es para él y le pide a Tatiana que lo olvide.

Acto II

Cuadro primero, sala en la casa de Larina.
Es la fiesta de cumpleaños de Tatiana. Onegin baila con ella y escucha comentarios de las señoras presentes. Fastidiado, insiste en sacar a bailar a Olga y comienza a seducirla. Mientras tanto, Monsieur Triquet, el tutor francés de Tatiana, le dedica a la joven una poesía de su autoría. Onegin logra desatar los celos de Lensky, quien luego de manifestarle su enojo, ante el horror de los presentes lo reta a duelo de pistola.

Cuadro segundo, un descampado al alba del día siguiente.
Lensky es apadrinado por su amigo Zaretsky, y Onegin, en un gesto despectivo, acude con su sirviente Guillot. Llega tarde, como para dar a Lensky la oportunidad de declararse ganador, pero Lensky insiste en seguir adelante. Se cargan las pistolas, se dan los debidos pasos y Lensky cae muerto por el disparo de su amigo.

Acto III

Cuadro primero, sala del palacio del Príncipe Gremin en San Petersburgo, seis años más tarde.
Se da una fiesta y Onegin está entre los invitados. Ha regresado de un largo viaje, en el cual buscó consuelo a sus remordimientos. Ve a Tatiana, que ahora es la esposa del príncipe, y se apasiona por ella.

Cuadro segundo, la habitación de Tatiana.
Ante el pedido de Onegin, la ahora princesa lo recibe. Él le confiesa su amor, pero ella se mantiene fiel a su marido y a la vida que ha elegido, y rechaza las propuestas de huir con él: no hay vuelta atrás. A pesar de su insistencia, Tatiana le dice adiós para siempre

 Boceto de María José Besozzi

Emotiva visión de Eugenio Oneguin
Por Jorge Aráoz Badí | Para LA NACION

EUGENIO ONEGUIN, ÓPERA EN 3 ACTOS DE TCHAIKOVSKY
Temporada de Buenos Aires Lírica, en el Teatro Avenida.

Nuestra opinión: muy bueno 

De las mil y una interpretaciones de un texto poético y musical, el binomio compuesto por Mercedes Marmorek, dirección escénica, y Javier Logiola Orbe, dirección musical (responsables máximos de Eugenio Oneguin , la ópera que se representa durante las dos últimas semanas en la temporada de Buenos Aires Lírica), eligió el enfoque categóricamente emocional.
Sin ninguna de las adherencias conocidas en otras versiones de esta ópera, como el batido sentimental o la celebración simultánea de Eros y Thanatos o la crispación psicológica tan emparentada con Tchaikovsky, este Oneguin que se desplegó en el escenario del Avenida aparece limpio, sin remiendos, con una notoria devoción por el texto de Pushkin, del que sobre todo se entiende que los seres humanos viven de ilusiones y son esas ilusiones lo que los hace más humanos.
 En primer lugar, la dirección de actores pone en evidencia algo que es la peculiaridad total de esta puesta, incluidos escenografía, iluminación y vestuario: la sobriedad. Cuando se adopta tal criterio, no es fácil evitar hundirse en una atmósfera puramente sentimental densa y confusa. Esto no sucedió aquí. Mercedes Marmorek lo resolvió con algo que podría calificarse como pulcritud emocional. Es decir, a cada uno su cuota sentimental sin agregar ni la más pequeña porción de énfasis más allá del natural y espontáneo de cada personalidad. Vaya a saber cómo se mide esto. Tal vez con pura intuición. Pero funcionó. Sin necesidad de asordinar ni ocultar las pasiones de los personajes, el público pudo participar vivamente de las reacciones emocionales de cada uno y el acto de comunicación estuvo plenamente logrado.
El grupo vocal tuvo un muy buen nivel mantenido a lo largo de los tres actos. Si hubiera que destacar especialmente un desempeño, habría que señalar el encanto y la autoridad con que la soprano Carla Filipcic Holm interpretó a Tatiana y los dos altísimos picos logrados en la Carta y el final. Esto no sugiere que haya habido desniveles vocales con los otros cantantes. La frescura y la unción de todos fueron coherentes con las características generales. Tal vez sería justicia una mención especial para el bajo Walter Schwarz por su emotiva actuación en el tercer acto.
Javier Logioia Orbe dirigió con la pulcritud que fue el sello de este espectáculo. Su orquesta sonó precisa, y aunque pareció tener una presencia un tanto apagada al comienzo, creció sin pausa a lo largo de los tres actos para lograr un muy digno Tchaikovsky. Los elogios también se hacen extensivos al coro. Finalmente, la presentación escenográfica respondió a las marcas de esta puesta con notable parquedad de medios y una absoluta abstinencia de alardes decorativos redundantes e inútiles, que la alejó de las antigüedades que el mismo Bolshoi dejó de lado hace rato.


 Boceto de María José Besozzi

Rigoletto (Teatro Avenida, Buenos Aires, 2012)

Melodramma en tres actos - Música de Giuseppe Verdi - Libreto de Francesco Maria Piave

 
  ©Liliana Morsia

Los autores sitúan la acción en Mantua durante el siglo XV.


ACTO I

Cuadro primero. Sala del Palacio Ducal.
El Duque de Mantua cuenta a sus cortesanos que desde hace tiempo sigue a una muchacha que ha visto acudir a la iglesia. Luego de expresar su filosofía de vida con respecto a las mujeres, corteja a la Condesa Ceprano. En medio de burlas aparece Rigoletto, el bufón del palacio, que le aconseja a su señor cómo deshacerse del marido de la Condesa para concretar sus propósitos: que lo encierre o que lo haga decapitar. El Conde Ceprano jura venganza y entra Marullo, otro cortesano, para contar que Rigoletto tiene una amante. Se interrumpe el clima orgiástico para dar paso al Conde Monterone, que exige justicia por la deshonra que su hija ha sufrido por parte del Duque. Éste no responde pero lo hace su bufón, mofándose del dolor del padre. Antes de que lo arresten Monterone maldice al Duque y a Rigoletto, quien de inmediato comienza a sentir el peso del anatema.

Cuadro segundo. En los suburbios, frente a la casa de Rigoletto.
Rigoletto se muestra obsesionado con la maldición de Monterone cuando alguien le cierra el paso: es Sparafucile, un sicario que le ofrece sus servicios. Cuando el tenebroso personaje sale, Rigoletto se siente identificado: uno mata con el puñal y él lo hace con su lengua burlona y cruel. Desahoga su odio hacia los cortesanos y aparece su hija Gilda, que se inquieta al verlo tan preocupado. La joven, ignorante de la vida de su padre, le hace preguntas que no tienen respuesta. Al padre sólo le importa la seguridad de su hija y al único lugar que la deja ir es a la iglesia. En tanto, no han advertido que el Duque penetró en el lugar. Sorprendido, el licencioso descubre que Gilda es hija de Rigoletto. Cuando ella se queda sola, el Duque irrumpe con vestimentas sencillas, se hace pasar por un estudiante pobre llamado Gualtier Maldè y seduce a la muchacha. Debe marcharse súbitamente pero Gilda se queda pensando en ese primer amor. Sale y regresa Rigoletto, con malos presentimientos. Acechan los cortesanos, le dicen al bufón que le gastarán una broma a Ceprano y le vendan los ojos. Cuando escucha los gritos de Gilda, descubre el engaño: los cortesanos secuestraron a su hija.

 ©Liliana Morsia

ACTO II

Sala en el Palacio Ducal.
El Duque lamenta la desaparición de la joven. Entran los cortesanos y le cuentan que, a modo de sorpresa, le han traído a la "amante de Rigoletto". El libertino, que no pretendía semejante acción por la fuerza sino continuar con su juego de seducción, corre agitado a buscarla. Aparece Rigoletto, que se lamenta y en vano intenta buscar pistas de su hija, hasta que el comentario de un paje le confirma la terrible verdad: Gilda está con el Duque. Los cortesanos le impiden ir en su búsqueda y él les lanza una desesperada invectiva. Irrumpe la joven, que se arroja entre los brazos de su padre en medio del llanto. Los cortesanos se retiran y ella hace el relato de todo lo sucedido. Pasa un guardia que lleva a Monterone, quien camino del calabozo exclama que la maldición aún no surtió efecto. Rigoletto le dice que no se engañe, pues habrá un vengador para ambos.


 ©Liliana Morsia

 ACTO III

Casa de Sparafucile, en las afueras y cerca de un río.
Es de noche y se avecina una tormenta. Rigoletto ya no es un bufón al servicio del Duque y se presenta con Gilda, decidido a vengarse. Ha hecho trato con Sparafucile, quien gracias a la ayuda de su hermana Maddalena, que actuará de señuelo, logrará que el Duque entre a la casa para asesinarlo. Rigoletto quiere que su hija vea al Duque tal como es, pues ella persiste en su amor por él. Paralelamente y dentro de la casa el Duque seduce a la hermana del asesino, mientras que afuera Rigoletto trata en vano de convencer a Gilda de que aquél es un licencioso indigno de amor. El padre debe accionar con rapidez y manda a su hija a ponerse ropas de hombre, pues deberán abandonar la ciudad. Cuando la muchacha se retira, el bufón arregla el trato con Sparafucile: la mitad por adelantado, lo restante cuando reciba el cuerpo de la víctima.

La tormenta se ha desatado. Todo está a oscuras y se escucha desde lejos la voz del Duque; Maddalena siente compasión, pues no quiere que el hombre sea víctima de un asesinato y busca disuadir a Sparafucile. Pasa Gilda ante la puerta, vestida de hombre, y escucha la conversación entre los dos hermanos: él dice que tiene palabra y que nunca engañó a alguien que haya requerido sus servicios. Ante la insistencia de la mujer, surge la solución de asesinar al primero que llegue a la casa pidiendo albergue: Gilda se encomienda a Dios, llama a la puerta y cae bajo el filo del puñal.

Rigoletto, el vengador, recibe de manos del asesino una bolsa que contiene el cuerpo de la víctima. La lleva a orillas del río, cuando escucha con horror la lejana voz del Duque. Tembloroso, abre la bolsa y encuentra en su interior a su hija moribunda. Desesperado se desploma sobre ella y se lamenta por la maldición de Monterone

 
©Liliana Morsia

LA NACION
Por Juan Carlos Montero y Susana Freire


Con : Ivanna Speranza, Vanina Guilledo, Angelo Scardina, Fabian Veloz, Walter Schwarz, Ernesto Bauer y elenco
Dirección musical: Carlos Vieu 
Puesta: Andre Heller-Lopes
Escenógrafa asociada: Noelia González Svoboda
Diseño de vestuario: Sofía Di Nunzio
Diseño de iluminación: Alejandro Le Roux
Director del coro: Juan Casasbellas 
Sala: Teatro Avenida
 
Nuestra opinión: muy bueno

 
Rigoletto inaugura un estilo novedoso del compositor; es la evidencia de un nuevo criterio en la evolución de Verdi, ya que el tradicional lenguaje de la ópera italiana queda de alguna manera abolido, alcanzando el compositor una escritura orquestal más autónoma, liberando a la música de ser un acompañamiento de la voz.
En la versión ofrecida, Carlos Vieu, desde la batuta, no sólo mantuvo equilibrio con la escena en cuanto a las dinámicas e intensidades sonoras, sino que además expresó con el fraseo y los matices los estados íntimos que anidan en cada personaje, detalle que se palpó desde la breve introducción orquestal y en toda la primera escena. Con la intervención de la sugerente condesa de Ceprano y la gran balada inicial a cargo del tenor comenzó a gestarse la evidencia de la complejidad de Rigoletto , porque ya "Questa o quella" en la voz de Angelo Scardina se escuchó de manera errática acaso por el nerviosismo de un debut frente a un público desconocido.

Por su parte, el barítono Fabián Veloz comenzó a pergeñar, como protagonista, una muy buena actuación, que se fue haciendo más natural a medida que se avanzó en el desarrollo, dejando escuchar en primer término su ya reconocida musicalidad, su voz bien timbrada y una muy acertada caracterización del personaje trazado con sorprendente soltura en cuanto a gestos, miradas y movilidad, e insuflando además una gesticulación adecuada a las variables de los trágicos momentos que atraviesa.
La soprano Ivanna Speranza como Gilda cumplió asimismo una actuación de calidad, dejando escuchar buena línea de canto en todos los pasajes siempre comprometidos de sus dúos, así como en la versión del "Caro nome..." cantado con prolijidad, segura emisión y una coronación en las frases finales de excelencia, motivo de una generalizada aprobación de la sala, tal como se reiteró con "Tutte le feste" y en el dúo con Veloz "Si, vendetta..." tan esperado como vibrante.
Cabe destacar el muy buen nivel del elenco en personajes episódicos como fue el caso de Ernesto Bauer en un excelente Monterone; Vanina Guilledo como Magdalena, Alicia Alduncin, como Giovanna y Walter Schwartz en el sicario Sparafucile. El resto de los personajes de flanco se destacó en preparación y soltura. El coro de la institución, preparado por Juan Casasbellas, se distinguió, como ocurre con frecuencia, por su naturalidad, movilidad escénica y nivel canoro.
Como el último cuadro concluyó con la buena idea teatral de hacer cantar a Gilda ya casi muerta, pero trasformada de cuerpo entero en la vida celestial, por primera vez el triste final con la desesperación de Rigoletto, se escuchó impecable en el equilibrio de las dos voces. Solución beneficiosa para el canto y la partitura de Verdi, que acaso sea adoptado a pedido de las sopranos de todo el mundo.

El ojo en la puesta


Interesante resulta la mirada de André Heller Lopes al proponer en su régie una estética relacionada con el arte pictórico, con un telón de fondo cubierto de cuadros de diferentes tamaños, marcos que bajan y suben, o que se desplazan hacia los laterales, y otros tres más que dividen el escenario para delinear los diferentes ámbitos. Ayuda, y mucho, el vestuario de Sofía Di Nunzio. Fundamental resulta la iluminación de Alejandro Le Roux por la potencia que genera con el juego de claroscuros. Día a día se percibe cómo los cantantes tratan de imprimir a sus personajes una carga emocional importante, a la que suman una actuación convincente. Resulta relevante, en este sentido, el trabajo de Fabián Veloz, que impuso a Rigoletto una carga tan fuerte de emociones que resultó conmovedor, trascendiendo su labor como cantante.
©Liliana Morsia